¿Es posible la divulgación filosófica?
La tarea de hacer asimilable por el vulgo lo que exige la dedicación de una vida.
«Después de una larga convivencia, surge de repente una chispa como fuego que se enciende en el alma» –Platón, Carta VII, 341c-345c
Más allá de la fascinación que ejerce lo oculto sobre la psicología personal, que mueve a buscar lo prohibido por sobre lo razonable, con las desastrosas consecuencias que puede acarrear (si no, pregúntale a la pareja del Edén), existe una razón filosófica para no compartirlo todo de la misma manera con todos.
Es la misma razón de por qué en el origen los filósofos se resistieron a dejar sus enseñanzas por escrito; parece que lo esencial se resiste a escribirse sin desfigurarse en el proceso. En algún sentido, lo escrito es palabra muerta; y, como la filosofía es una vida orientada al saber en su totalidad, no se presta a ser transmitida del todo por medio de signos de ningún tipo, ni impresos ni menos digitales. En esto radica la nobleza de la filosofía.
Así, pues, Sócrates deliberadamente no dejó nada por escrito.
Y su discípulo más ilustre, Platón, escribió algunas cosas, pero defendió el silencio filosófico ante la elocuencia de su maestro (Fedro 274b-277a, Carta VII 341c-345c).
De modo que Aristóteles, procurando preservar ambas perspectivas, dividió sus escritos en dos tipos:
«unos eran esotéricos, compuestos con vistas a la enseñanza filosófica interna y dirigidos a sus discípulos; otros eran exotéricos, compuestos en forma de diálogo para un público más general [...] Estos últimos tienen un estilo más literario y divulgativo, mientras que los primeros son más técnicos y concisos» –Simplicio, In De Caelo IX 271.16-272.13
Pues ocultar ciertas enseñanzas viene dado por motivos de sutileza filosófica.
En opinión de Platón, en la Alegoría de la Caverna:
«No es fácil para quienes han vivido en la oscuridad mirar directamente la luz» –República VII, 514a-520a
Asimismo Aristóteles veía la filosofía como la más difícil de todas las disciplinas del saber, y por lo mismo exige la conformación de una vida completa para poder siquiera vislumbrarse.
En esta línea, Tomás de Aquino pensaba que:
«Las cosas profundas no deben ser comunicadas indiscriminadamente, sino solo a quienes tienen la disposición adecuada para recibirlas» –Comentario al Evangelio de San Mateo, cap. 7, lección 2
Y es necesario que así sea:
«para que no se expongan al desprecio o a la burla» –In Sent. I, d.2, q.1, a.3
Es decir, lo oculto también es una manera de protegerse frente al desdén que ha acompañado a la filosofía desde sus orígenes.
Por otro lado, Tomás de Vio Cayetano, un autorizado tomista, señalaba en este sentido que a tal punto es difícil la filosofía que incluso a los más grandes doctores se les escapa (In De ente et essentia, q.1, pp.12-13).
¡Ni siquiera los mejores pergaminos académicos son garantía de buen pensamiento!
Y Julián Marías insistía, a propósito, que a la filosofía no se han dedicado más que unos cuantos gatos en toda la historia:
«Siempre he creído que los filósofos han sido y serán muy contados, y probablemente sin ninguna importancia social... y su proliferación me preocupa, porque suele ser indicio de una extinción o desvirtuación de la filosofía» –Julián Marías, La razón de la filosofía, pp.250-51
De esta forma se encuentra en la tradición filosófica un criterio de auditorio para reservar algunas enseñanzas, que tiene que ver menos con el talento y la capacidad que con la madurez y preparación intelectual.
Hay que estar preparado para saber recibir, lo que sea, incluso el amor.
Y, aunque en principio la filosofía está abierta y disponible para todos, cuando uno tiene en cuenta la dificultad que le es inherente y la necesidad que tiene del recurso más valioso, el tiempo libre, se ve de inmediato que no se presta para ser un objeto de consumo de audiencias masivas.
No todos están preparados, ni tienen el tiempo suficiente como para adentrarse en las sutilezas de la especulación filosófica.
En nuestra época es fácil tomarla por un objeto de consumo entre otros, como una forma más de entretenimiento, que, a mi juicio, es el mayor riesgo que corre hoy: no ser más que contenido.
Sin ir más lejos, la divulgación, cercana a la autoayuda, parece convertirla en objeto de consumo. De hecho, la misma palabra «divulgación» connota la carga de lo vulgar, de la modificación que supone propagar ideas al vulgo y hacerla disponible a la gran audiencia. Es una forma de desfiguración, porque lo noble y sutil se tiene que modificar para hacerlo digerible para una masa indiferenciada. En el proceso se pierde algo esencial: pues, en vez de ser un encuentro personal, el autor le habla potencialmente a todos y a nadie en particular.
¿Cómo me he planteado frente a la nobleza y dificultad propia de la filosofía?
En mi caso, después de veinticinco años ininterrumpidos dedicado al estudio sistemático y la meditación de las cuestiones apremiantes, siento que en vez de estar más cerca, estoy cada vez más lejos, comprobando en carne propia que es verdad el cliché socrático.
En efecto, siento que cada vez sé menos y que nunca llegaré a ser un filósofo consumado.
La filosofía se me escurre entre los dedos cuando más creo dominarla.
Esta experiencia es el origen de la voracidad intelectual que da nombre a mi manera de escribir: esa sed envolvente de saber, de comprenderlo todo, que lleva a un permanente desasosiego existencial que te pone el ojo voraz y la irrenunciable tarea de domesticarlo.
El lado positivo de todo esto es que me da también una cierta confianza para ver que al vecino le pasa lo mismo, en mayor o menor grado, levantando una cierta sospecha frente a quien plantea su saber como consumado y “objetivo”, es decir, indiscutible, irrefutable, blindado de toda crítica.
Por estas razones, lo que escribo aquí no es divulgación sino una cordial invitación a participar en mi camino filosófico, por si se enciende la chispa del encuentro personal, donde te invito a mirar de cierta manera.
Porque la vida filosófica es intransferible sin presencia.
Y no es necesario que sea física, sino que basta la comunicación de dos almas en alguna parada del camino.
De hecho, para mí, incluso aunque estén muertos y distantes de épocas remotas, algunos filósofos me son más cercanos que muchos de mis contemporáneos en mis círculos sociales, porque compartimos algo más íntimo.
Y si bien nadie puede dominar del todo la filosofía, que es la más salvaje y rebelde de todas las disciplinas del conocimiento, la invitación es a cultivarla en la medida en que las circunstancias lo permitan, con una profunda humildad.
De este modo, espero poder crear ese espacio donde el lector que no tiene la formación o el tiempo suficiente para dedicarse a estas cuestiones, se pueda encontrar con otra vida filosófica.
El desafío de hoy está en hacerse ese tiempo de calidad, lento y sin distracciones, para poder leer la presencia tras el silencio de las palabras.
Referencias:
Platón, Carta VII 341c–345c
Platón, Fedro 274b–277a, Carta VII 341c–345c
Simplicio, In De Caelo IX 271.16–272.13
Platón, República VI, 487a–489a, cf. Fedro 275c–277a
Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio de San Mateo, cap. 7, lección 2, cf. In De Caelo et Mundo, lib. 1, lectio 1, n. 1, In Meteorologica, lib. 1, lectio 1
In Sent. I, d.2, q.1, a.3, cf. S.Th. I, q.1, a.9, ad 3, C.G. I 2
In _De ente et essentia, q. 1, p. 12-13
Julián Marías, La Razón de la Filosofía, 250-51


