El filósofo emprendedor
Me pregunto a menudo por el filósofo como emprendedor del conocimiento. Hay ejemplos eminentes: Platón, Aristóteles y Epicuro. Esos tipos no sólo produjeron obra de la mayor calidad intelectual, sino que también fundaron sendos centros de investigación.
Yo me pregunto cómo sacaron el tiempo para distribuir las tareas sin perder foco en cada una y cómo podían cambiar tan fácilmente del modo emprendedor al modo autor.
Para que te hagas una idea: Aristóteles descubrió la lógica y Platón es el padre de la filosofía, aunque sus hijos no queramos aceptarlo (punto para Freud: el asesinato del padre también aplica para nuestra disciplina). Y no contentos con eso, dictaban clases a estudiantes avanzados y lecciones abiertas a un público general.
Lo que yo me pregunto es: ¿Quién financió la Academia y el Liceo? ¿Cómo levantaron capital? ¿Quién la administraba? ¿Tenían socios? ¿Cómo armaron un equipo para ejecutar la visión de una institución que hasta el día de hoy se nutre de sus principios?
De algún lado tiene que haber salido la pasta para las instalaciones, la biblioteca, y solventar la vida de los pensadores. Es interesante planteárselo, porque según ellos los intelectuales que profesan un saber aparente motivado por un afán desmedido de lucro son sofistas y no filósofos.
Y me lo pregunto, porque para levantar un proyecto de esa naturaleza hoy no queda otra que recurrir a inversionistas; a un tipo muy particular de inversionista. Uno que tenga la sensibilidad para la filosofía, pero que entienda de negocios, y que por lo mismo no apriete por el retorno de la inversión. Es decir, ha de ser un mecenas dispuesto a financiar el proyecto simplemente porque es bueno que exista, aceptando que no le va a dar réditos económicos. Al menos le va a poder contar a sus nietos que él contribuyó a la causa de los barbudos ociosos.
Quizás esta visión se deba a la ingenuidad con que leí a Aristóteles con 17 años, porque realmente le creí que el filósofo ha de ser autosuficiente en bienes exteriores, que se ha de bastar a sí mismo para poder liberar tiempo de ocio, única instancia donde la filosofía da frutos. Porque el output del filósofo no se mide con KPI’s: una buena idea puede tardar décadas en madurar.
Mi joven yo lo tradujo a términos actuales pensando que el filósofo ha de ser al mismo tiempo emprendedor para poder ser financieramente libre. Ingenuo, porque emprender ya es complicado, como correr una maratón con vallas.
Desafío a cualquiera a pensar en un tema especulativo estresado por pagar cuentas, con hijos pequeños, y me diga después si el viejo Aristóteles no llevaba razón en eso. Hay impedimentos prácticos para el pensamiento filosófico. Se requiere de una cierta serenidad interior, sin apremio, para pensar en la inmortalidad del cangrejo o el día de la marmota. A mí me ha tomado la vida equilibrar mi vocación filosófica con esa libertad económica.


