Casi diez años contra viento y marea
Un post que escribí en 2024 luego de la publicación de mi tesis doctoral en la prestigiosa History and Philosophy of Logic.
Hace exactamente una semana la prestigiosa revista History and Philosophy of Logic me publicó un artículo titulado La unidad teórica de la silogística categórica y la sofística de Aristóteles, que es una versión mejorada de mi tesis doctoral. Se trata de uno de los hitos más importantes de mi trayectoria como filósofo, que consuma diez años de paciente y solitaria dedicación al estudio. Te cuento esto, porque como me enseñó mi esposa:
«Los huevos no solamente hay que ponerlos, sino también hay que cacarearlos»
Como no procuré hacer carrera académica, nunca me preocupó mucho engordar mi currículum para optar a plazas docentes. Mi destino estaba en otro lado. Así que un solo artículo bueno sopesa la falta de número. De manera que esta publicación me permite sentar un precedente en la discusión acerca de la unidad de los escritos lógicos de Aristóteles, que para mi agenda de investigación constituye una etapa fundamental. En otra entrada te contaré por qué.
Pero más importante aún son las lecciones que me llevo de este proceso tan largo:
La discusión es fructífera cuando se orienta al saber. Es bueno exponer y someter a crítica las ideas para que la investigación rinda frutos. Paradójicamente, los comentarios que más me sirvieron fueron los más incisivos y duros con mi trabajo, porque me permitieron avanzar, soslayando cada uno de estos obstáculos.
La crítica es fértil cuando se brinda con buenos modales y altura de miras. Durante el proceso recibí bastantes críticas, porque mi tesis va a contra corriente del consenso académico (si es que existe algo así). Descubrí que a nadie le agrada mucho que le cuestionen los presupuestos básicos con los que interpreta el mundo. Quizás por eso la filosofía irrita tanto. Por eso estoy convencido de que la humildad para aceptar y recibir la crítica, y la honestidad vital para estar dispuesto a derrocar los propios presupuestos, son virtudes propias del rigor intelectual. Lamentablemente, muchos científicos se olvidan de esto.
La falacia ad hominem es más común de lo que parece. Para evitar caer en esta falacia se requiere de la prudencia intelectual, una cierta mesura al emitir juicios tajantes y definitivos, como si el conocimiento estuviera clausurado. La descalificación del emisor en vez de un análisis paciente y exhaustivo del argumento es un vil recurso que destruye toda civilidad. Por eso la falacia ad hominem es otra forma del argumento de autoridad, porque, al descalificar al emisor de un argumento previo a todo análisis, te estás poniendo en una posición de superioridad al margen de la lógica de la discusión. ¿Te acuerdas de A. Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EE.UU. y principal asesor médico de la Casa Blanca durante la pandemia, cuando decía “Yo soy la Ciencia”? En ocasiones me atacaron personalmente por mi trabajo: que era mal escritor, que no entendía el asunto, etc. Evitar esta falacia requiere de una cierta nobleza de espíritu que en mi caso se ha transformado en un ideal de vida, porque lograrlo requiere esfuerzo. No es algo que se da de buenas a primeras. Y si piensas que nada tiene que ver contigo, déjame ponerte en esta situación: ¿qué pensarías si te dijera que soy terraplanista y antivacuna?, ¿qué asociaciones mentales automáticas emergerían en tu conciencia?, ¿cómo modifica la manera de plantear tu relación conmigo como lector?, ¿no quedaría invalidado de antemano? Te lo muestro para que veas lo fácil que es caer en la descalificación personal del otro.
El doctorado es el inicio de una carrera intelectual y no el final de una formación. Este fue un consejo de mi director de tesis al verme demasiado ansioso por cubrir todos los flancos débiles de mi investigación. A diferencia de otras disciplinas, las ideas filosóficas requieren de mucho tiempo para madurar y cuajar, por lo que apresurarse en encontrar las respuestas es un desgaste innecesario. Por esta misma razón veo incompatible la vida filosófica con el principio “publica o muere”, porque las ideas tienen sus propios tiempos de maduración, y, si se publican cuando aún están verdes, se puede estropear todo su valor. Por otro lado, es cierto que el doctorado puede ser visto como un hito más en la acumulación de títulos para que el currículum se vea gordito e impresionante en la sobremesa, pero ese no es su propósito. Se trata más bien de plantear adecuadamente una investigación para que pueda rendir frutos en el tiempo. Por supuesto que hay excepciones: Kurt Gödel tenía 23 años cuando presentó su tesis doctoral con el teorema de completitud, y solo dos años después, a los 25, publicó los teoremas de incompletitud que revolucionaron la manera de entender las matemáticas.


